Panchito el heladero Eva Rancho La Provincia 26 Oct 2014.pdf
Todas las ciudades cuentan con personajes legendarios y singulares que ayudan a construir su historia. En su caso, Francisco Álvarez, más conocido como Panchito el heladero, a sus 90 años, se toma ahora la vida al golpito y al son de tango y rumba en el Círculo Mercantil, tras jubilarse hace un cuarto de siglo. Con su famoso carrito lleno de conos de vainilla, quesitos de turrón, mantecados especiales, polos y americanos de leche, anís, chocolate y fresa, este risueño nonagenario llegó a los paladares de muchos rincones de la ciudad, como El Confital, la antigua Clínica del Pino y Vegueta, entre otros.
Tango para Panchito ‘el heladero’
Francisco Álvarez, a sus 90 años, derrocha energía en el baile con música en directo del
Círculo Mercantil todas las semanas / “El secreto es comer de todo: gofio y leche”, afirma
Eva Rancho
LA PROVINCIA / LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, 26 Octubre 2014
A sus 90 años, Francisco Álvarez González, más conocido como Panchito el heladero, guarda la misma vitalidad que en la década de los 40, cuando empezó a vender sus refrescantes helados de vainilla por toda la capital grancanaria, transitando sus calles con su inseparable carrito. Hace ya un cuarto de siglo que este oriundo de Las Lagunetas (Vega de San Mateo) aparcó los cucuruchos de quesito de turrón y mantecado especial para disfrutar de la vida al golpito con su hija María Luisa y sus cinco nietos, Oliver, Javier, Jonathan, José y Noelia, y echarse más de un baile a la semana en el Círculo Mercantil.
La ciudad tiene el honor de haber tenido como vecino a un heladero artesano de primera. Panchito figura entre esos personajes populares del paisaje urbano, que tan pronto te encontrabas delante del antiguo Hospital del Pino como en la puerta del Colegio de Las Teresianas vendiendo esas tentaciones veraniegas que anunciaba con este cartel: “Galletas, barquillos, conos, turrón líquido, artículos para helados”. Todo se remonta a 1949, cuando un buen día, como era de costumbre, Francisco se dirigía a la montaña de San Lorenzo (Tamaraceite) con un saco para buscar tunos indios. Un heladero, llamado Pepito el Pastor, se cruzó en su camino, a la altura del Campo España, y cambio su rumbo profesional. “Venga pa’cá, que es usted un hombre trabajador y quiero hablar con usted,’ era fabricante de helados, me ofreció trabajar para él, un sueldo y lo que sacara de más del mantecado para mí, era muy buena persona”, evoca Panchito, que aceptó la propuesta y confiesa que en aquel tiempo, “era un dineral”. A partir de ese momento, Francisco empezó a escribir parte de la historia de la ciudad con muy buen gusto. Sus conos de vainilla, quesito de turrón, mantecado especial, polos y americano de leche, anís, chocolate y fresa llegaron a La Isleta y El Confital.
En 1949 comienza a trabajar para el heladero Pepito ‘el Pastor’ en La Isleta
Su puesto de helados era itinerante: antigua clínica del Pino, colegio Teresiano
El sabor de vainilla hacía las delicias de los niños, que le llamaban con cariño ‘Panchito’
Acumula en sus piernas miles de kilómetros para vender su producto a todo tipo de paladares. “Mi profesión me gustaba con locura. Estaba desde las diez u once de la mañana hasta las ocho de la tarde, y si había fiesta, hasta incluso la una de la madrugada”, asegura este sabio y risueño nonagenario. Tras permanecer con Pepito el Pastor durante muchos años, Francisco saltó de la zona de La Puntilla a Alcaravaneras, para trabajar bajo las órdenes de otro empresario, Ramón el Gallego.
Don de gentes
“Lo positivo de todos estos años es que era un sueldo bueno, porque había días que ganabas 15.000 pesetas, otros días 10.000, 20.000 o 30.000 pesetas”, afirma Panchito, que apunta que gracias al cálido clima de Canarias podía mantener el negocio durante todo el año. Este grancanario sabía conectar con su clientela y tener mano izquierda. “Yo era un chico que sabía llevar a la gente, y si un señor se marchaba sin pagar, no le decía nada, porque a lo mejor me formaba una escandalera, y después la gente que estaba comprando se marchaba y no compraba. Hay que ser noble y saber llevar a la gente”, explica Francisco. “Además el vendedor tiene que estar siempre de pie, porque si estás sentado, la gente pasa y no le compra”, añade.
Dotado de una excelente memoria, Panchito recuerda que la fábrica de helados se ubicaba en el barrio de Alcaravaneras, cerca del antiguo Cine Goya. Su itinerario abarcaba numerosos puntos de venta, como la antigua Clínica del Pino, el Pueblo Canario, el Muelle Deportivo, Bravo Murillo, Plaza del Mercado de Las Palmas, Paseo Madrid, Carvajal, Molino de Viento, La Pelota, y la Catedral, en Vegueta. “Andaba por todos los sitios, llegaba hasta San José y San Cristóbal, y luego vuelta para atrás”, explica Panchito, que acabó tirando el famoso carrito de helados “a la basura, porque estaba muy viejo”. Gracias a su trabajo, Panchito vendió y conoció a ciudadanos de todo el mundo. “Llegué a hablar algunas cosas en inglés”.
El apodo de los niños
“Iba con el carro y los chiquillos me llamaban Panchito”, comenta el grancanario, que también trabajaba delante del Colegio Teresiano, en Pío XII. El helado de vainilla hacía especialmente las delicias de chiquillos y mayores y aún recita la receta del mantecado como si estuviera todavía en activo. “Lleva leche, se echa un poquito de canela, y después cuando está hirviendo, se le agrega el mantecado, y sólo las yemas de los huevos, y se bate, porque si no, se corta. Después por ejemplo si son 20 litros de helado, se echa tres kilos de azúcar y se revuelve, y también dos cucharadas de vainilla”, detalla Panchito. Su producto tenía mucho éxito entre el público capitalino. “Todos se comían el helado porque era bueno, y si se ponía malo, lo tiraba, no se lo vendía a la gente”, explica Panchito, que vive con su hija María Luisa. “Sería ideal que mis nietos se dedicaran a mi misma profesión y les daría los mejores consejos”, indica.
En el seno familiar sólo su hermano Manuel siguió su senda en esta industria. A cada paso que da, Panchito recibe el afecto de la gente. “He tenido mucha experiencia en el sector del helado, he sido un hombre muy educado no me gustaba pelearme, todo el mundo me quiere”, comenta.
“Lo positivo era un sueldo bueno, había días que ganabas 15.000 pesetas”
“Ahora no hacen los helados como antes, se ha perdido la manera artesanal de hacerlos”
Una dieta equilibrada y mucho ejercicio son la base de su salud de roble. “El secreto es comer de todo: gofio, leche, queso, huevos y carne de cabrito, y cuando me jubilé, siempre he estado batallando para allá y para acá, pero con más calma, me gustaba mucho ir al campo, a caminar por La Aldea, San Bartolomé de Tirajana, y el baile”, comenta Panchito.
Desde hace tres años, Panchito es un incondicional del Círculo Mercantil, en la calle San Bernardo, una institución Medalla de Oro de la Ciudad, a la que acude miércoles y domingo, junto con otras personas de la tercera edad y jubilados para escuchar música en directo y pegarse unos bailes. “La música es mi vida, vengo dos veces por semana y cuatro horas bailando. Bailo todo: pasodoble, rumba y tango”, comenta Panchito. Para él no existe el ascensor del centro, prefiere subir y bajar las escaleras, con una agilidad sorprendente.
En la actualidad, su debilidad son los helados de turrón y de vainilla de Guirlache por la calidad de su producto artesano. “Ahora no hacen los helados igual que antes, se ha perdido la manera artesanal de hacerlos, y por eso allí en Triana me gusta, porque lo hacen bueno, su sabor, el cucurucho”, explica.
Sus amigos y familiares le sorprendieron con una gran fiesta en La Milagrosa, en San Lorenzo, cuando cumplió los 90 años. “Pusieron de todo allí para comer, un convite para toda la gente, dulces y todo”, comenta. “Gracias a Dios me encuentro con mucha vitalidad”, comenta entre risas Panchito.
BIOGRAFÍA
1924
Nacimiento
Francisco Álvarez González, más conocido como Panchito el heladero, nació hace 90 años en Las Lagunetas (Vega de San Mateo)
1949
Pinitos como heladero
Comenzó a aprender los entresijos del oficio de la mano de otro heladero, Pepito El Pastor, que le ofreció un puesto de trabajo como vendedor ambulante. El destino quiso que Francisco se encontrara con él a la altura del campo España, cuando se dirigía a la montaña de San Lorenzo (Tamaraceite), con un saco a su espalda para buscar tunos indios.
1950
La Isleta y El Confital
Los conos de vainilla, quesito de turrón, mantecado especial, polos y americano de leche, anís, chocolate y fresa, que Panchito portaba en su famoso carrito, llegaron hasta La Isleta y El Confital.
1960
Alcaravaneras
Como sede de la fábrica de helados, la zona de Alcaravaneras, cerca del antiguo Cine Goya, fue la siguiente parada en su andadura profesional, bajo las órdenes de Ramón El Gallego, otro empresario de la industria heladera. Si la venta iba bien, Panchito llegó a ganar entre 15.000 pesetas y 30.000 pesetas algún día.
1960-1989
Hasta San Cristóbal
Panchito, que fue así rebautizado por los niños de colegios como el Teresiano, se desplazaba con su carrito hasta incluso los barrios capitalinos de San José y San Cristóbal. En el camino, tenía numerosos puntos de venta: la antigua Clínica del Pino, el Pueblo Canario, el Muelle Deportivo, Bravo Murillo, Plaza del Mercado de Las Palmas, Paseo Madrid, Carvajal, Molino de Viento, La Pelota, y la Catedral, en Vegueta. Hace un cuarto de siglo que decidió jubilarse.
2014
Cinco nietos
El pasado 14 de marzo, Panchito el heladero cumplió 90 primaveras. Sus amigos y familiares más cercanos como su hija María Luisa y sus cinco nietos, Oliver, Javier, Jonathan, José y Noelia, le organizaron una gran celebración en La Milagrosa, en el barrio de San Lorenzo, donde disfrutaron de un delicioso convite.

